MARISA ABANDA

 


Una tarde de primavera de 1998, cuando me ha-llaba a la búsqueda de respuestas existenciales, llegué a casa y mi madre estaba haciendo patchwork mien-tras escuchaba la radio. Nada más saludarla, me sentí atraída por la entrevista que estaban transmitiendo en Radio San Sebastián.

Entrevistaban a una señora muy afable, sencilla, muy hábil en la oratoria, con respuesta rápida y mu-cha claridad en el mensaje. Era MARISA ABANDA, posteriormente, mi profesora de yoga y un referente muy importante en mi crecimiento personal.  Apunté el teléfono y la dirección.


Profesora de Hatha-Yoga, su maestro había sido Selvarajan Yesudian, al que hacía referencia muchí-simas veces, al igual que nos citaba a  Albert Einstein: «Las casualidades no existen: es el camino que Dios toma cuando quiere viajar de incógnito», nos decía.


Cuando Marisa cumplió 80 años, el 12-02-2020, le escribí esta carta:

 

    Querida Marisa:


Te escribo a ti, querida amiga, profesora de yoga, que te tomabas tu trabajo muy en serio y te esforzabas cada día por dar lo mejor de ti misma.

Para ti, que entendías que enseñar yoga era algo más que ganar dinero y eras capaz de desplazarte pletó-rica de motivación, aunque fuera para dar clase a tan solo uno, dos o tres alumnos, incluso en invierno, con viento y lluvia y a última hora de la tarde.


Querida profesora de yoga que indagabas en otros estilos y maestros para mejorar tu práctica, pues sabías que la sabiduría estaba en cualquier parte, si el alumno está preparado y posee la humildad sufi-ciente para aceptarla.

Dedicado a ti, que prestabas atención a la honestidad y la compasión para crecer como persona, y también a la ira, al resentimiento y al miedo. Agradecías lo bueno y también la adversidad, porque su enseñanza nos hace fuertes.

Para ti, que sabes que los conocimientos de anatomía son imprescindibles para transmitir el yoga, pero que se quedan vacíos sin una serenidad emocional o paz interior que los guíe.


Con cariño para ti, que empatizabas con cada uno de tus alumnos y sus dolencias, tanto físicas como emo-

cionales. Pero, como bien sabes, el camino del cora-

zón quiere almas fuertes, y somos libres y responsa-bles de nuestras decisiones.

Para ti, que ayudabas a que tus alumnos descubrieran su propio poder interior y su verdadera fuerza.

Hoy, más que nunca, se necesitan profesores de yoga como tú, vivir sin miedo y amar con libertad.


Gracias, Marisa, por las lecciones.

Gracias por la paciencia.

Gracias por el cariño.

Gracias por existir en mi vida.

Muchas gracias, maestra.

Tu ex-alumna,



Begoña Maraña



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