MI HERMANA ANITA
Yo la miraba para poder guardar la riqueza de su alma. Ella vivió siempre cuidando y educando con amor y temor de no poder estar con todos después...
Todo en ella era tan puro que brotaba de sus labios como una bendición, era mi orgullo.
«No mires de lado —me decía—, acostumbras mal los ojos y se desvían. Mira siempre de frente, pues es de frente cómo tienes que ver la vida».
Sus manos maravillosas todo lo hacían con tanto esmero que dejaban un lastre a miel y romero. Usaba las palabras para grabar en ellas lo que decía y no olvidarlas. ¿Olvidarlas? ¡Como si fuese posible!
No,
recordarlas, pues ellas se tornan parte de nuestras vidas.
Dentro
del alma, ella está viva. Todo lo que tiene valor se torna ETERNO.
Francisca
Corbalán Miras de Tudela, 91

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