TRES MARCHAS, UNA AGUJA Y UN DEDAL
Un pueblo a orillas del Mediterráneo, inmerso en una guerra de hermanos, en la que no importan razones ni el estado social ni el pensamiento político, tan solo el dolor forzoso de una contienda sin razón.
Ella solo tenía tres años. Era una noche cálida de un verano hiriente. Una cena más, con su hermana, con su madre, con su padre, cuando los nudillos en la puerta anunciaron la primera marcha: dos soldados armados reclutaban forzosamente a su padre.
Ángela, abrazaba a su pierna. Las compuertas de sus ojos derramaban las primeras lágrimas de dolor, su padre decía: «Acabad de cenar que el papa viene enseguida» y con un beso a su mujer desapareció escoltado para vivir una guerra que jamás pudo comprender.
A sus 87 años ella, aún hoy, siente aquel vacío. A pesar de sus tan solo poco más de tres años, recuerda el sonido frío y hueco, el dolor y la pérdida de su niñez.
Su padre volvió 3 años después a terminar una cena que duró casi tres años, como perdedor de una guerra que nadie ganó. Ella, en el seno de una familia humilde y con mucho esfuerzo, aprendió a coser, un sueño de su madre que siempre la cautivó. Armada de aguja y dedal, dio más puntos que el departamento de cirugía del mayor hospital de España.
La situación por la que atravesaba España en los años 50 provocó su segunda marcha, posiblemente la más dolorosa. Su solo recuerdo le quiebra el alma: dejó a su hija de cuatro años a cargo de su suegra para emigrar con su esposo y pagar cuanto antes la obra de su vivienda familiar. Trabajó como sirvienta, sin descanso, con una pena constante que acarreaba lágrimas de dolor a cada instante. Sufrió falta de empatía, de respeto y tuvo que aguantar irreverencias a cambio de un sueldo, sin seguridad social y con muy pocas gratificaciones, pero el recuerdo de su hija y las ganas de volver le daban fuerzas para aguantarlo todo.
Volvieron a su pueblo natal, pagaron su vivienda y crearon una familia. A partir de ese momento comen- zó su tercera marcha, una marcha sin descanso, a veces lenta y pausada; otras, apresurada y agobiante, con tantas cosas que hacer que una pierde la con-ciencia del tiempo. Seguramente no somos cons-cientes de lo que hemos perdido hasta que ya no lo tenemos. Eso es lo que le ha pasado a Ángela: una vida dedicada a sus hijos, a su esposo, a su trabajo, a su casa, con tanta dedicación y esfuerzo que es cons-ciente del tiempo ahora que ya no está a su alcance.
Hoy, a sus casi 88 años de edad, mira su aguja y su dedal, sopesa los esfuerzos y cada tarde cuando la visito, me cuenta millones de anécdotas que vivió, con las que lloró junto con su compañero inseparable que ya no escucha, que ya no oye... Y esperando la llamada de Dios, se pregunta si realmente ha vivido, ignorando que vivir es creer siempre que no se ha vivido.
Toda su historia la convirtió en una gran madre, una gran esposa, pero ante todo en una GRAN MUJER.
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